REPORTAJE

Una vocación de servicio

que deja un legado de gratitud 

Hoy, caminan sobre el recuerdo de sus familias, en las vidas que ayudaron a salvar y sobretodo, en el corazón de cientos de personas que honran su legado. 

La pandemia evidenció que la virtud de un médico no termina al colgar la bata en el perchero, son capaces de trabajar sobre las horas requeridas, y de pensar en la salud de sus pacientes, aunque eso represente sacrificar la suya propia.  

 

Los doctores Segundo Arévalo, Carlomagno Palacios y Carlos Luzuriaga eran hombres con algunas arrugas, expresiones faciales marcadas por la constancia y el apoyo a las personas más vulnerables. Sus familias jamás imaginaron que un virus les quitaría la vida, ante sus ojos eran los salvadores y las pruebas más fehacientes de humanidad. Ahora, la vida de sus familias dio un giro y si para ellos la vida cambió, también lo hizo para cientos de catamayenses que aún quisieran ser recibidos en sus consultorios.  

 

Las palabras son cortas cuando el agradecimiento es tan profundo hacia estos seres para quienes el compromiso por sus pacientes fue la decisión más importante de sus vidas. Hoy, caminan sobre el recuerdo de sus familias, en las vidas que ayudaron a salvar y sobretodo, en el corazón de cientos de personas que honran su legado.

DR. CARLOMAGNO PALACIOS

“El mejor legado que deja es la vida misma y todo el amor que tenía para cada uno de sus pacientes” 

Carlomagno Palacios estudió medicina, la mayor pasión que lo acompañó hasta el último día de su vida. Fue lojano de nacimiento pero catamayense de corazón. Conoció Catamayo durante su año rural;  aunque no tuvo la oportunidad de especializarse, los casos graves que atendía en el cantón, debido a la falta de ambulancias para traslados a Loja, lo graduaron de todas las especialidades posibles. 

Su vida por el servicio 

 

40 años lo acompañaban en el trayecto de su profesión, en donde, con total vocación, nunca dejó que un ser humano perdiera el sentido de la vida, y peor aún, la vida misma. Sus manos llenas de nobleza trabajaron sin descanso durante la pandemia, priorizando lo que más amaba: cuidar de sus pacientes.  

 

Alejandro Palacios, médico e hijo de Carlomagno, menciona que su padre realizaba visitas constantes a las casas de sus pacientes las 24 horas, “ yo de alguna manera puse horarios más estrictos durante la pandemia pero él seguía atendiendo a todas las horas, incluso en la noche y en la madrugada. Yo tuve la fuerza para decir que no y él tuvo la fuerza para decir que sí”, sostiene. 

Vencedor de una lucha 

 

El Dr. Palacios permaneció alrededor de 20 días luchando no solo contra un virus, sino contra sus propios deseos de mantenerse vivo para ayudar a las personas que lo necesitaban. Logró salvarse y vencer al enemigo; no obstante, a raíz del COVID-19 le dio fibrosis pulmonar provocándole un infarto cardíaco, lo que lo llevaría a permanecer solo en el recuerdo de sus seres queridos.  

Un legado de amor para Catamayo 

 

A la memoria de Alejandro viene la época del cólera, donde su padre convirtió su casa en un hospital para atender a las personas que sufrían de esta enfermedad, “la casa se llenó de pacientes de cólera, eran 30 o 40 personas en el suelo, gracias a Dios ellos no se contagiaron”, menciona el galeno recordando que esta no era la primera vez que su padre había corrido el riesgo y había trabajado tan fuerte por los catamayenses. 

 

Entre palabras cortas, Alejandro expresa que el mejor legado que deja su padre es la vida misma y todo el amor que tenía para cada uno de sus pacientes, “amaba mucho a Catamayo, él quería ser enterrado aquí, pero por las circunstancias lo hicimos en el Camposanto Jardines del Zamora”, manifiesta.  

DR. SEGUNDO ARÉVALO

"Hablar de él, es hablar de un libro abierto y de un legado maravilloso que deja a su familia y a la sociedad”  

El amor hacia la familia, su vocación a la medicina, su fe profunda hacia Dios y a la Virgen, definen a este gran ser humano y profesional. Pero, más allá de estos elogios, deja una imagen de bondad, servicio y entrega que lo forjó a lo largo de su vida, donde no solo se entregó a la medicina, sino que “abrió el corazón del hombre por medio de la prédica de la verdad, a través del grupo religioso Juan XXIII”, afirma su hija Karina.  

El Dr. Segundo Arévalo, un hombre que logró su misión de servicio, sin descuidar a su mayor tesoro; su familia. A través de sus 39 años de trayectoria, Karina recuerda con nostalgia que su padre “no solo entregó su tiempo para sanar físicamente, sino que sanaba el alma y corazón de sus pacientes a través de sus consejos”. 

 

Catamayo fue la tierra que lo acogió y le permitió ejercer esta noble profesión hasta el último día de su vida. Dentro de este rincón de Ecuador, el galeno fundó la Unidad Médica Municipal de Catamayo y el Laboratorio Médico del Sindicato de Choferes. A lo largo de su vida, el Colegio de Médico lo distinguió en honor a  sus 25 años de entrega y servicio a los pacientes

Una decisión de vida 

 

Su hija Tania confiesa que su padre “entregó su vida para salvar otra vida, él atendió a una persona infectada por COVID y ahí se contagió”. Estuvo luchando contra este virus alrededor de 1 mes. En un inicio, su familia pensó que era gripe, sin embargo, con los días fue presentando más síntomas que finalmente le quitarían la vida.  

Un legado que trasciende 

 

El reconocimiento no es solo para él sino para sus hijos quienes mencionan que su padre “ha dejado un legado muy grande, a más de que nos conozcan por nuestros nombres somos reconocidos por mi padre, el Dr. Segundo Arévalo”, afirma con orgullo Tania.  

 

El Dr. Arévalo se ha ido físicamente pero espiritualmente está en cada uno de sus hijos. Ellos lloran su partida porque conciben que Dios se ha llevado la parte más hermosa de sus vidas, pero confían en que “él nos está esperando en el más allá para que no lleguemos como él llegó, solo”.  

DR. CARLOS ALBERTO LUZURIAGA 

“Terminaré de ser médico, cuando deje este mundo”   

Muchas personas parten diariamente en el mundo, pero aquellas que por sus obras trascienden son pocas. El Dr. Carlos Alberto Luzuriaga fue un hombre destacado, sensible, especial y médico de genuina vocación.  

Resumir su vida no es una tarea sencilla... 

 

Carlos Alberto nació bajo el cielo de Loja con el anhelo de convertirse en médico, un deseo que cumplió años después. Para estar más cerca de su familia, realiza su rural como galeno en el “Encanto del Sur”, como él denominaba a su querido Catamayo. Siempre gustó de la Medicina Clínica pero él decía que sus pacientes no le permitieron especializarse porque lo buscaban constantemente, sin embargo, para él “cada paciente era una especialidad diferente”.  

Su hija Malena destaca que las mayores virtudes de su padre eran el carisma y el servicio, “era un hombre artístico, era un show verlo como manejaba al público”, lo que lo llevaría entre 2000 y 2004 a convertirse en el alcalde de este cantón. Guiado por estas mismas virtudes, fue el mentalizador y creador de la Maternidad en el Centro de Salud; presidente fundador de la Cruz Roja Núcleo Catamayo y creó el Patronato de Amparo Social Municipal, entre otros.    

 

Su esposa Patty recuerda con cariño las palabras de Carlos: “sabes ¿Cuál es la diferencia entre un médico y un artista?, es que los artistas viven de los aplausos y nosotros los médicos vivimos de la gratitud de los demás”. Y esta fiel convicción lo llevó a atender pacientes con COVID-19, quienes lo terminarían contagiando. Él estuvo luchando 15 días contra este enemigo invisible, no pudo más y perdió la vida. 

 

Su legado continúa 

 

Entregó su vida para salvar la de sus pacientes. Carlos Alberto vivió su existencia con entrega, integridad y convicción. Patty rememora todas las vivencias juntos y menciona que “es imposible resumir 28 años en un momento, en realidad le agradeceré que pudimos compartir esta aventura llamada vida de la que tuvimos muchas enseñanzas”. 

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